¿Cómo y por qué me enamoré de ti?

Recuerdo con nitidez casi sagrada aquel día en que el destino, con su sigilo habitual, decidió cruzar nuestros caminos. Te ví...no, te contemplé, como quien descubre un misterio antiguo en medio del bullicio del mundo. En ese instante, entre miradas fugaces y silencios cargados de significado, me pareciste la persona más interesante que jamás hubiera tenido frente a mí.
Siempre me he considerado un hombre guiado por la curiosidad, un alma inquieta que no sabe ignorar aquello que le intriga profundamente. Por ello, no dejé escapar la oportunidad de acercarme a ti, de intentar descifrar, aunque fuera apenas un poco, la esencia que irradiabas con tanta naturalidad.

Nuestro primer encuentro fue breve, casi etéreo, como esos momentos que parecen no pertenecer del todo al tiempo. Un suspiro, un destello, algo tan efímero que temí que se desvaneciera sin dejar huella. Pensé, con cierta resignación, que no tendría la fortuna de conocerte más allá de aquel instante, y en mi interior, silenciosamente, me rendí ante esa idea.

Pero el destino (aunque haya jurado nunca hablar de ello) caprichoso, persistente, volvió a entrelazarnos. Y entonces llegaste de nuevo, como si el universo quisiera corregir su propia brevedad. Fue en ese momento cuando me pregunté: “¿Es acaso una simple casualidad reencontrarme con este ser tan fascinante?” Y en lo más profundo supe que no lo era. Había algo más, algo invisible pero firme, que nos empujaba a coincidir. Así que tomé el valor que antes me faltó y me permití escribirte aquel mensaje, una presentación que, sin saberlo, se convertiría en un recuerdo imborrable.

No buscaba asustarte ni irrumpir en tu mundo con torpeza; lo único que deseaba era capturar, aunque fuera por un instante, tu atención. Anhelaba no quedarme en la lejanía de lo cotidiano, no conformarme con la simple dicha de tratarte como un amigo cuando en mi interior brotaba algo más profundo, más sincero. Sin embargo, mi torpeza me traicionaba; cuando me hablabas, los pensamientos se desvanecían, las palabras se escondían y mi mente quedaba en blanco. No porque dijeras algo difícil, sino porque me resultaba imposible pensar con claridad al saber que estaba frente a la persona más hermosa que mis ojos habían tenido el privilegio de conocer.
Quedé completamente hechizado por la delicadeza de tu personalidad, por esa luz que parecía emanar de tu esencia sin esfuerzo alguno. Ante mis ojos, eras y sigues siendo un ser de pureza extraordinaria, alguien cuyo corazón merece ser cuidado con la devoción que se le ofrece a lo más valioso de un reino. Y si alguna vez imaginé tener uno propio, no dudaría en concederte el trono, pues en tu presencia todo adquiere sentido, y en tu existencia encuentro una belleza que trasciende lo visible y se instala, para siempre, en lo eterno.

Pensar en ti, en mis momentos a solas conmigo mismo, hace que fluyan todos esos pensamientos que tengo de ti y de tu espléndida y gratificante existencia. Déjame venerarte, déjame tratarte como siempre has merecido ser tratado. No te imaginas las cosas que pasan por mi mente cuando pienso en la dicha de tenerte, soy tan cursi y siempre, sin ninguna razón me encanta expresarme de forma tan caprichosamente enamorada, porque el amor que existe en mí te pertenece cariño mío. 

Por ello mismo, desde aquel segundo encuentro, me impuse la silenciosa misión de hallar la forma de atraer tu mirada, de rozar tu atención con gestos sutiles, procurando no parecer torpe en el intento aunque, para ser sincero, aquello fue inevitable.
Y aún ahora, con toda honestidad, me pregunto cómo lo logré ¿Qué hice? ¿Qué palabra pronuncié?, ¿Qué instante compartí para que tu atención reposara en mí? No lo sé con certeza. Y no es que considere que haya sido algo apresurado, sino que me encontraba —y me encuentro— tan profundamente enamorado, que no advertí en qué momento la vida me concedió la dicha inmensa de tenerte cerca.

Porque, al final hay una verdad que se impone con dulzura en mi interior; procurar tu felicidad se ha vuelto también la mía. Verte sonreír, saberte en paz, ilumina mis días de una forma que no sabría describir del todo. Y es que, amor mío, si tú eres feliz, en esa misma dicha encuentro yo mi propia felicidad.

Amado mío, ¿por qué eres tan hermoso sin siquiera intentarlo? 

Déjame decirte que cualquier encantamiento que hayas hecho en mí, estoy muy agradecido. 

Para ti, he de ser cuanto el romance haya soñado alguna vez, cuanto susurra el viento en las noches quietas y cuanto arde en los versos que nacen del alma; todo ello, con tal de hacerte saber con firmeza y sin titubeos que jamás, en el curso de mi vida, buscaré sendero alguno que me conduzca a fallarte. Mi lealtad hacia ti no es ligera ni pasajera: es ferviente, profunda, casi sagrada. Tanto, que mi pensamiento se niega a divagar hacia otros rumbos, y cualquier ilusión, por más leve que sea, queda reservada únicamente a tu nombre, a tu imagen, a tu presencia.

Vivo, respiro y permanezco en este mundo con el propósito de nombrarte, de escribirte, de intentar descifrar en palabras este amor que por ti siento, y lo que significas en cada rincón de mi existencia. Porque has venido a convertirte en el centro de mis días, en la razón callada que sostiene mis latidos. Y si acaso faltaras, si el destino —cruel y ajeno— decidiera apartarte de mí, no hallaría más que una pena profunda, una sombra interminable que opacaría todo cuanto alguna vez tuvo sentido. Sería, en verdad, como si arrancaran de raíz todo lo bueno que en mí habita.
Más aun con esa intensidad que me habita, confío en que sabrás reconocer la pureza de lo que te ofrezco: cada palabra, cada gesto, cada intención que nace para ti. Pues todo cuanto soy, y todo cuanto anhelo ser, encuentra en ti su causa más noble, y en tu presencia, la más hermosa razón para seguir existiendo.

Entonces, dime, ¿por qué habría de dolerte mi amor? ¿En qué rincón de tu pensamiento nace la duda de que podrías, algún día, ser reemplazable para mí? Si supieras (como yo lo siento)la firmeza con la que te llevo en el alma, entenderías que no hay lugar en mí donde habite tal posibilidad.
Me has demostrado, con la pureza de tus actos y la sinceridad de tu esencia, que vales cada esfuerzo, cada intento, cada entrega. Eres, sin duda, la paz que se busca tras la tormenta, el refugio al que uno llega después de haberse perdido. Y no hay en mí duda alguna: eres la persona por la cual daría todo, sin reservas, con tal de conservarte a mi lado.

Más no anhelo ser el único que albergue tales pensamientos en su interior. Deseo, con la misma intensidad, que también en ti nazca esta certeza, que en tu corazón florezca la misma seguridad, el mismo anhelo de permanecer. Que no sea solo mi voz la que proclame este sentir, sino que también la tuya lo haga suyo, con igual verdad y sin temor alguno.

Quiero ser para ti más que palabras: alguien en quien puedas descansar sin miedo, alguien a quien puedas confiarle cualquier pensamiento, cualquier herida, cualquier sueño. Jamás hallaría en mí el juicio hacia ti, pues mi deseo no es señalar, sino comprender; no es limitar, sino sostener. Y en cada paso que decidas dar, estaré ahí, no para imponerte un camino, sino para acompañarte, apoyarte y creer en ti, incluso cuando el mundo dude.

Soy capaz ahora de creer en lo que antes negaba con obstinación, en aquello que mis palabras, cegadas por una certeza ingenua, juraron no admitir jamás. He derribado, sin darme cuenta, las murallas que yo mismo levanté, y en su lugar ha nacido una fe distinta, más íntima, más profunda, que no se sostiene en la razón, sino en lo que siento cuando pienso en ti.

He invocado ya más de una vez al destino, aun cuando siempre defendí la idea de vivir bajo el mandato del libre albedrío, como dueño absoluto de mis decisiones. Y, sin embargo, tenerte ha transformado esa creencia en algo incierto, casi frágil. Porque lo que comenzó como un simple encuentro, hoy se alza como una fantasía tan viva, tan real, que temo siquiera imaginar su ausencia.

Y si algún día (que no deseo ni pronunciar) llegara a perderte, no hallaría en mí la fuerza para culparme con entera claridad. No, no lo vería como un error propio, sino como una jugada cruel del destino, como un giro injusto de aquello que nos unió. Sería una condena silenciosa, una herida persistente que el tiempo no lograría cerrar, pues en tu partida no solo se iría tu presencia, sino también todo aquello que en mí floreció gracias a ti.
Porque desde que llegaste, no solo cambiaste mis pensamientos, sino la forma misma en que entiendo la vida. 

Comentarios